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Viaje a “Sta. María de la Armonía” (Mar del Plata)

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Desde el primer año de la adquisición de La Armonía, quiso el P. Etcheverry que los alumnos del Colegio San Pablo pudiésemos aprovecharla. ¿Qué valor podía tener la misma para nosotros teniendo en cuenta que algunos apenas habíamos superado los diez años de edad? Era el contacto con la naturaleza, transformada por la acción del hombre, de la historia y de la cultura; y el valor sacramental de la convivencia transformada por la fe.

La Estancia La Armonía era todo un símbolo de una Argentina que supo ser grande y aprovechar su oportunidad. Como “estancia”, era una síntesis de naturaleza y cultura que resultó muy típica de nuestro país.
 Y cuando se cumplió el ciclo natural de las tres generaciones (la primera que inicia una empresa, la segunda que la lleva a su culminación y la tercera que la rifa, porque recibió todo hecho) y todo hacía presagiar la desaparición de la estancia, el P. Etcheverry quiso tomar la posta para agregarle el signo de la sacramentalización: a poner de manifiesto la presencia de Dios en la naturaleza y a ordenar las actividades de los visitantes de manera tal que pudieran disfrutar ordenadamente del lugar y de la convivencia. Y a mostrar a Dios en los signos que fue poniendo: en la presencia sacramental de la capilla que establemente se puso en lo que fuera el comedor principal de la casa, para que se celebrara en ella habitualmente la misa, se hicieran adoraciones, oraciones, meditaciones y el rezo del rosario (a veces también caminando por el parque hacia la ermita de la Virgen del otro lado del lago, o a lo largo del arroyo, o simplemente por el parque), en la práctica de la confesión frecuente y la dirección espiritual, y en la bendición de la mesa al comenzar y al terminar de comer; y las conversaciones de los unos con los otros y sobre todo con el mismo P. Etcheverry, cuyo sacerdocio se traducía en un magisterio constante, que subía y bajaba de las cosas de la tierra a las del cielo constantemente.

Para nosotros, los alumnos del Colegio, los días transcurrían entre los numerosos deportes que por entonces eran posibles: no sólo el fútbol y el vólei, sino también el tenis, la paleta, las bochas, los botes, los caballos y los juegos nocturnos, que nos enseñaban a jugar con esfuerzo, lealtad y compañerismo. También los fogones, que obligaban a agudizar el ingenio sin caer en la chabacanería. Todo un ensayo de vida cristiana que servía de modelo para cuando volvíamos a casa.

Las comodidades no eran muchas, pero suficientes para una vida viril, y todos tratábamos de cuidar las instalaciones, conscientes de estar en un lugar privilegiado. 
Aunque hoy día las cosas allí son un poco diferentes, depende de nosotros aprovechar todo el significado que tiene La Armonía y la ocasión de vivir una vida cristiana sin interferencias externas, potenciando lo que cada uno pueda poner de su parte para una convivencia fructuosa y para el encuentro con Dios. Dicho brevemente: para “armonizar” el encuentro con Dios, con los hombres, con la naturaleza y con la historia, para preparar una Argentina mejor.

Pbro. Ignacio Marcenaro