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Historia

Padre Etcheverry Boneo

El colegio San Pablo

La tarea sacerdotal del P. Etcheverry Boneo –hoy Siervo de Dios- tuvo por eje trabajar en el campo de la cultura para ir concretando el ideal de “instaurar todo en Jesucristo”, de modo que toda la realidad temporal y la actividad humana en ella se convirtieran en escalera para llegar a la vida eterna. Para ello, además de trabajar en la elaboración de la cultura, se hacía indispensable formar personas, y en lo posible plasmar en instituciones los logros que se fueran obteniendo.

Su primer trabajo, ya desde los Cursos de Cultura Católica del que era director, comenzó con jóvenes profesionales y universitarios, con la idea de formarlos, para brindar a la Iglesia y al país dirigentes católicos capaces de encarar, una reconstrucción y proyección de toda la realidad, a la luz de una visión cristiana del mundo.

Pero la convicción de la importancia que tienen los años más jóvenes en la configuración de las personalidades, lo llevó a implementar el comienzo de esa tarea, ya en la edad adolescente. Así concibe el Padre la idea del Colegio San Pablo, inicialmente en su sección secundaria, ampliada luego a todo el ámbito de la educación básica.

El proyecto tenía y tiene como meta brindar una formación integral personalizada que apunte a desarrollar las capacidades individuales de los alumnos en sus distintas dimensiones, con discernimiento de sus vocaciones personales, amalgamadas ellas en una sólida escala de valores; con una unidad interior de concepción y donde el conocimiento de toda la realidad temporal, abordada desde las distintas asignaturas, logre ser presentada y transmitida desde una común fundamentación filosófico-teológica.

Quería así brindar no sólo una concepción intelectual unida y coherente, sino todo un sistema de valores capaces de generar una visión del mundo, una actitud vital y vigorosa que pudiera natural y espontáneamente traducirse en una conducta. Presentar verdaderos valores capaces de entusiasmar y proyectar todo el vigor juvenil, hacia la necesidad de prepararse con seriedad para la tarea linda de trabajar en todas las áreas, para mayor gloria de Dios, y salvación y felicidad de los hombres. Una tarea que “se realice en la tierra, pero mirando al cielo, y que permita llegar a ese cielo construyendo la tierra”; una tarea que enseñe a mirar la realidad, a relacionarse con las personas y las cosas, a juzgar hechos y conductas, todo desde esa perspectiva, y a obrar en consecuencia; una tarea que enseñe a amar y conocer su propio país y trabajar con generosidad en él proyectándolo al mundo con lo que le es propio; una tarea que enseñe a defender, amar e insertarse eficazmente en el seno de la Iglesia desde su propio lugar.

Para llevar adelante esos fines fue creado el Colegio con pocos alumnos por curso, permitiendo así el conocimiento directo y el trato personal con cada uno, para asistirlo y orientarlo en sus dificultades y posibilidades de desarrollo personal y vocacional.

Se amplió el plan de estudio oficial con la incorporación de materias internas destinadas a la formación básica: la filosofía, desde los primeros años; la enseñanza en la religión, la cátedra de Visión Cristiana del Mundo, el estudio de lenguas clásicas y modernas y actualmente la informática.
Desde el comienzo se le dio fundamental importancia a que en el ámbito cotidiano el chico tuviera un fácil acceso a las fuentes de la gracia: la oración, la vida sacramental, la formación de una vida espiritual sólida con manejo de sus medios, a través de retiros, misas y pláticas semanales, y el contacto con Cristo vivo en la Eucaristía. Por eso siempre el lugar asignado a la capilla, como centro de toda la actividad, fue muy cuidadosamente buscado.

En su etapa fundacional de 1953 hasta mediados de 1955, el Colegio inició sus actividades en C. Pellegrini 1535, sede de los Cursos de Cultura Católica.
Comenzó sólo con 1er. año con una veintena de chicos, cuyos padres vieron en la propuesta del Padre Etcheverry el ideal de formación integral para sus hijos.

Los profesores eran profesionales con una trayectoria ponderable en sus respectivas actividades y con apertura al campo cultural más amplio. Con ellos los chicos podían compartir los almuerzos, donde se comentaban temas de cultura general y de actualidad e iban aprendiendo de ese modo a discernir, a juzgar y a valorar.

Al año siguiente, con dos cursos ya en marcha, se planteó la idea de la sección primaria, y con ella la necesidad de otra Sede. Esto se concretó a mediados de 1955 con la adquisición y el traslado a la casa de V. López 1639,que fue objeto de sucesivas modificaciones según las actividades le fueron exigiendo, sobre todo cuando se abrió la sección primaria. En esta casa que fuera sede durante largos 30 años, se cumple el período más importante de verdadero afianzamiento y consolidación.

La presencia cotidiana del padre en el Colegio, sus enseñanzas, su ejemplo –siempre fuente de gracia-, sus orientaciones precisas, sus advertencias y consejos oportunos hicieron, en el día a día, que en esa etapa fuera tomando cuerpo y cierta adultez lo esencial y propio del Colegio. Allí se gestó y encarnó su espíritu, informador de toda la actividad de la Institución y y que trascendió a las familias y exalumnos.
Con la dirección y orientación del P. Etcheverry se hicieron seminarios y jornadas pedagógicas, se reestructuraron los contenidos de todas la materias y se coordinaron los programas y actividades, a través de los departamentos de las distintas áreas. Se elaboró un proyecto de ficha psicológica para orientación de los alumnos, se estructuraron los planes de Visión Cristiana del mundo y se establecieron las bases para un reglamento de disciplina.

En 1957 egresó la 1ª promoción de bachilleres, y a partir de entonces fueron surgiendo las asociaciones destinadas a fortalecer el vínculo amical entre alumnos y exalumnos, y a posibilitar la acción mancomunada, cultural y apostólica, con proyección a la tarea universitaria y al quehacer profesional: Ágape en 1957, Servir en 1962, Misión en 1967, y hoy, la Asociación de Exalumnos con su propia estructura. También se creó la Asociación de Padres, y se adquirió el Campo de Deportes en Ing. Maschwitz.

Pero si un hecho conmovió profundamente a la gran familia del San Pablo fue, en Marzo de 1971, la muerte inesperada del P. Etcheverry. Difícil sintetizar todo lo que significó y se vivió en el seno del Colegio y de la Obra entera. Fue un hito clave y un desafío difícil, asumir esta nueva realidad para asegurar la continuidad cabal de lo que se había emprendido. Las bases necesarias estaban dadas, y fue la convicción profunda de que todo estaba en manos de Dios lo que sostuvo el ánimo humilde y confiado frente al camino a seguir. Tarea que con una ayuda muy especial de Dios –y, porque no, del propio Padre- se ha ido desarrollando y completando.

En poco tiempo el cumplimiento de esa misión exigió una nueva meta: el edificio definitivo que posibilitara con medios más idóneos abrirse a nuevas perspectivas y perfeccionar las anteriores. Con gran esfuerzo se llevó a cabo el nuevo emprendimiento, y a partir de 1985 el paso a la sede actual señala el inicio de un nuevo período, que sobre las mismas bases, fue mostrando en las adecuaciones actuales la fecundidad de las ideas iniciales, capaces de dar respuestas a las más diversas circunstancias de tiempo y espacio.

Causó profunda conmoción la muerte inesperada del P. Armelín, rector del Colegio, incansable impulsor y realizador, pieza fundamental –en la concreción del nuevo edificio al cual se brindó incansablemente con ejemplar ánimo y empuje.

Hoy el Colegio es una sólida realidad con personalidad propia: reconocida, valorada e imitada. Valga aquí aquello de “…por sus frutos los conocereís” (Mt.7, 17-18). Cincuenta y seis promociones terminaron en el Colegio, y en todo este período ha sido fecundo el aporte de ellas en la universidad y en la tarea profesional. Y es de destacar, como una particular gracia de Dios, el gran número de vocaciones sacerdotales que el Colegio brindó a la Iglesia.

A los 60 años de su fundación, con una mirada retrospectiva llevada a los comienzos, y desde allí proyectada sobre las distintas etapas hasta el presente, es una excelente ocasión para analizar el cumplimiento de las metas del fundador, repensar y complementar lo que la realidad actual exige.
Pero fundamentalmente es ocasión propicia para valorar todo esto que fue creado, pensado y llevado adelante por el P. Etcheverry con una instrumentalidad sacerdotal sin fisuras, con una ejemplar fe y fortaleza, apoyado en la fuerza de Dios, con una lúcida clarividencia para planear, modificar, resolver y orientar, con una enorme caridad, para brindarse hasta el mayor sacrificio en esta obra y las otras que emprendió al servicio de la Iglesia. Ocasión para expresar nuestra enorme gratitud a Dios por el legado del que somos responsables y ocasión para comprometer, lo mejor de nosotros mismos para llevar adelante esta tarea sin duda querida y bendecida por Dios.

Prof. Margarita Rodiño