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Grupo Misionero San Pablo

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Diez años “sembrando”

En julio del 2002, el Padre Francisco Morad convocó y llevó a cabo con un grupo de alumnos la primer misión del Grupo Misionero San Pablo a los poblados rurales de Canal Melero y Taco Atun, a unos 30 km de la ciudad de Añatuya.
Desde ese entonces el grupo realizó de manera ininterrumpida al menos dos misiones anuales en poblados de la Diócesis, en donde alumnos, exalumnos, sacerdotes y familias del colegio se unen en esta tarea de acercar a Cristo a quienes más lo necesitan.

¿Por qué Añatuya?

La Diócesis de Añatuya está situada al noreste de la provincia de Santiago del Estero, abarcando aproximadamente la mitad de la provincia. Se trata de una gran extensión con poca población donde la mayoría de la gente vive en pequeños poblados y en ranchos aislados rodeados de monte. La actividad económica es casi nula: una agricultura de subsistencia y el carbón como principales actividades, además del empleo público. Los niveles de pobreza y miseria son de los más elevados del país, sufriendo una carencia casi total de infraestructura; y un limitadísimo acceso a la salud, la educación, a una alimentación adecuada y al agua potable, entre otras cosas.
Pero la necesidad no es sólo económica, sino sobre todo de un mensaje de esperanza, de una palabra de aliento, de afecto; es decir, de Dios. Al ser una diócesis tan grande la Iglesia tiene una enorme necesidad de los grupos misioneros. Muchos parajes apenas tiene la posibilidad de celebrar una misa al mes, siempre y cuando los caminos se encuentren transitables.

¿En qué consiste ir a misionar?

“La misión no es nada más ni nada menos que el llevar a los demás eso que nos hace tan felices a nosotros. Es llevar la Luz de Cristo a otras personas, con gestos, palabras, y hasta con el silencio. La simple y humilde presencia de un grupo de jóvenes que comparten la fe con alegría y entusiasmo; es estar en medio de la gente para que ellos puedan reconocer al Dios vivo, que no se olvida de nadie al exclamar: “Miren cómo se aman.”
“Ir a misionar es llevar el mensaje de Cristo a los demás y ver en ellos a Cristo que nos habla. Es dejar que Cristo transforme nuestra vida e ir a compartirlo con otras personas; es jugar con los chicos de Santiago y aprender a reír.”

Ir a misionar es ir a llevar el mensaje de Cristo a los demás y ver en ellos a Cristo que nos habla. Es dejar que Cristo transforme nuestra vida e ir a compartirlo con otras personas; es jugar con los chicos de Santiago y aprender a reír. “

¿Cómo recibe la gente a los misioneros?

“Nunca me dejó de sorprender por la calidez y confianza con la que somos tratados. Es algo muy raro: tal vez no saben ni siquiera nuestros nombres, pero la confianza es la de verdaderos hermanos en la fe.”
“Siempre es lindo llegar a los pueblos y encontrarse con varios chicos que salen al encuentro de uno antes de bajar de la camioneta. Muchas son las familias que en sus propias casas nos reciben ofreciéndonos todo lo que tienen, nunca dejan de compartirte unos mates o el poco pan dulce que tienen, como si fuéramos viejos amigos.”
“Son un gran ejemplo del ‘dar hasta que duela, y cuando duela, dar todavía más’.”

¿Cuál fue la primera impresión que te dio la primera vez que fuiste a misionar, y qué cosas te impactaron de la realidad que se vive en Añatuya?

“Caí en una realidad que nunca hubiese imaginado, una forma de vivir totalmente distinta. La pobreza en la que viven es muy triste: sin calzado, sin techo, acosados por la sequía… Chiquitos trabajando, entre otras cosas. Pero lo que más me impactó fue y sigue siendo la necesidad de amor por parte de los más chicos, y la necesidad de ser escuchados y entendidos de los más grandes. Hay necesidades de todo tipo, algunas urgentes como la educación y la salud; y otras fundamentales como la falta de un espíritu de comunidad para poder salir adelante.”
“Por eso sorprende aún más esa confianza y humildad que tienen, que te transmiten con cada cosa que hacen. Ellos no tienen nada, pero a la vez lo tienen todo.”

Por eso sorprende aún más esa confianza y humildad que tienen, que te transmiten con cada cosa que hacen. Ellos no tienen nada, pero a la vez lo tienen todo.”

¿Qué es lo que más valoras de ir a misionar?

“Disfruto mucho hablar y jugar con la gente de allá, pues desde su simpleza tienen mucho para enseñarnos sobre el verdadero sentido de la fe y de la vida. También es lindo estar con otras personas de mi edad en un clima amistoso. Unidos, no por algo mundano, sino llamados por Jesús a gritar con nuestro testimonio que Dios está vivo y NUNCA se olvida de NADIE, compartiendo algo muy fuerte y único.”
“Me gusta al llegar olvidarme completamente de mis preocupaciones y dedicarme a los de allá, para poder volver con esa sensación de haber dado absolutamente todo de mí.”
“Lo que más valoro de ir a misionar es la posibilidad que se nos regala de compartir a Cristo. No solo en las visitas a las casas, sino en todo momento. En la catequesis y los juegos de los chicos, en las charlas con la gente del lugar, y por supuesto también dentro del grupo. Ahí Dios se deja ver en todo momento.”
“Allá aprendes que la felicidad va mucho más allá de lo material. Uno va con la idea de dar, y vuelve habiendo recibido mucho más de lo que realmente dio.”

¿Qué es lo que el misionero se lleva de la misión?¿Quienes están llamados a misionar?

“Misiones… hay infinitas, algunas implican viajar a otros pueblos, pero las más están en nuestra casa, en la facultad, en el trabajo, en el día a día. Es sólo cuestión de encontrar dónde está la propia. Quizás no todos estemos llamados a ser misioneros en esas condiciones, es decir, no a todos les puede parecer algo increíble que sacie su sed de sentido. Pero estoy convencido de que TODOS debemos hacer esa experiencia alguna vez en la vida si tenemos la posibilidad, no hay nada para perder y todo por ganarlo. Vale la pena todas las renuncias y sacrificios, es altamente recomendable, pero es imposible saber cómo es la misión hasta que no se la vive.”
“Lo más importante de la misión para mí es el encuentro. Encuentro primero con personas que aún viviendo realidades tan distintas buscan desde el fondo del corazón al mismo Dios. Ese Dios que es amor perfecto y nos ama, no por lo que tenemos o hacemos, sino por el hecho de ser hijos suyos. Encuentro también con uno mismo, con las propias miserias del alma, lo que nos obliga a volver la mirada a Cristo crucificado y pedir nos transforme el corazón en uno más humilde, abandonado y enamorado de Él. Y por último, encuentro con Dios, íntima y realmente en oración profunda. Ahí no hay más barreras que las impuestas por uno mismo y superadas éstas, ¡todo es Dios! Me recuerda al pesebre, el último lugar donde se podría esperar encontrar al Dios hecho hombre. Quizá en Añatuya, donde hace mucho calor en verano y mucho frío en invierno, donde las comodidades son muy pocas, donde nadie parece centrar la mirada, es ahí donde yo puedo vivir un verdadero encuentro.”

En estos 10 años…

En estos diez años de misión se han visitado los parajes de Canal Melero, Taco Atun, Melero, Ljajta Mauca, Puente Bajada, Callejón Bajada, Casa Alta, y los pueblos de Matara y Añatuya.
Más de 150 misioneros han pasado por el grupo participando en las misiones por varios años, compartiendo juntos y con la gente de Santiago vacaciones o fines de semana, inviernos y veranos, y algunas fiestas como Pascua, Pentecostés, y Año Nuevo.
Diez años en los que Dios quiso hacerse presente en nosotros mediante el llamado a ser humildes instrumentos suyo, para que sembremos su mensaje y su amor no sólo en los corazones de todas las familias santiagueñas que nos puso en el camino, sino también en nuestros propios corazones; compartiendo juntos lo que más queremos y mejor nos hace: la fe.
Nota realizada gracias a los testimonios de Juan María Altuna, Marcos Johanneton, Francisco Llauró, Juan Francisco Larralde, Agustín López Solari, Matías Taussig, y Tomás Mc Loughlin.

 

ORACIÓN DEL MISIONERO

Señor, cuando nos mandas a sembrar,

rebosan nuestras manos de riqueza:

tu Palabra nos llena de alegría

cuando la echamos en la tierra abierta.

Señor, cuando nos mandas a sembrar,

sentimos en el alma la pobreza:

lanzamos la semilla que nos diste

y esperamos inciertos la cosecha.

Y nos parece que es perder el tiempo

este sembrar de insegura espera.

Y nos parece que es muy poco el grano

para la inmensidad de nuestras tierras.

Y nos aplasta la desproporción

de tu mandato frente a nuestras fuerzas.

Pero la fe nos hace comprender

que estás a nuestro lado en la tarea.

Y avanzamos sembrando por la noche

y por la niebla matinal. Profetas

pobres, pero confiados en que Tú

nos usas como humildes herramientas.

Gloria a Ti, Padre bueno, que nos diste

a tu Verbo, semilla verdadera.

y por la Gracia de tu Santo Espíritu

la siembras con nosotros en la Iglesia.

Amén.