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Es  sabido  que son los padres los primeros responsables de la educación de sus hijos. No obstante, el Colegio quiere ayudar aportando los conocimientos y  medios adecuados para colaborar en que la familia sea auténtica y eficaz escuela de valores.

Educar   en  la  actualidad  requiere  mayor  preparación  y  conocimientos actualizados  que  permitan acompañar a los hijos en la preparación para la vida adulta.

La familia posee capacidades únicas para la formación armónica e integradora de la personalidad de sus miembros y para la transmisión de los valores que primarán en la sociedad del mañana.

 

La Familia: El Evangelio de la Esperanza

Por Enrique San Miguel Pérez*. Especial para el Colegio San Pablo.

No existe ninguna forma de magisterio humano que pueda suplantar al del padre y la madre. Porque nos hacemos cristianos en familia. Pero en familia nos hacemos también personas y ciudadanos. Por eso somos libres. No existe poder humano con capacidad suficiente para penetrar en un hogar, o en el corazón de una madre o de un padre que conversan con sus hijos. La familia es un reducto inalcanzable a cualquier forma de dirigismo oficial, inasequible a las pretensiones de cualquier forma velada o explícita de autoritarismo o de clientelismo.

La familia cristiana se levanta sobre el genuino amor, un amor de donación que emancipa, que sustrae al ser humano concreto a cualquier forma de servidumbre material. La familia es la definitiva madurez de la condición humana. La familia es la edad adulta de una Humanidad que tiene el valor de servirse de su propia inteligencia.
Preservar la familia es preservar la fe. Así de sencillo… Y así de complejo. Porque preservar la familia significa asumir un compromiso a vida completa, cotidiano, tenaz. La buena intención, o los mejores sentimientos, son requisito necesario, pero no condición suficiente. No bastan. La familia es un escenario para el trabajo y para la exigencia. No podemos esperar que acuda en nuestro auxilio la inspiración. Y si es que existe, como decía Mallarme, es preferible descartarla en beneficio de la laboriosidad. Una laboriosidad que, por depender de nosotros, es parte de la libertad con la que Dios ha querido obsequiarnos. Nada puede mejorar la experiencia única de la familia que convive y comparte, que piensa y sueña. La experiencia de la familia que reza.

Una familia que reproduce a la Sagrada. Que Dios eligiera una familia para habitar entre nosotros, y en esa familia creciera antes de manifestarse al mundo, no es un episodio anecdótico de la historia. Quiere decir que cada familia cristiana puede y debe convertirse en matriz y motor de la gran familia humana. El llamamiento a la santidad del Concilio Vaticano II es un llamamiento a cada ser humano concreto. Pero es un llamamiento que cobra todo su sentido en ese espacio al que la Conferencia Episcopal Española denominó “santuario de la vida y esperanza de la sociedad”. En la familia.

La familia cristiana proporciona una perspectiva imposible en cualesquier otro espacio o episodio de la aventura humana: la perspectiva que adquiere una persona cuando se sabe, verdaderamente, hijo de Dios y, por lo tanto, trata de encontrar en Dios el fundamento, la roca sobre la que construir, el sentido y el significado de toda su existencia. La perspectiva de la persona que, verdaderamente, comienza a instalarse en la inmortalidad a la que Dios ha querido llamarnos, precisamente, por ser Sus hijos.

El cardenal Cañizares me dijo una vez: “Jesús te ha dado todo sin pedirte nada, nada, a cambio”. Sólo en el seno de una familia cristiana puede reproducirse esa sentida, sencilla e invariable gratuidad de quien lo da todo sin esperar recibir nada. Yo crecí en esa certeza, y no he dejado de constatarla desde entonces.
Y pienso siempre que, en este instante de la vida de nuestros pueblos, un instante no fácil para un católico que decida conservar el respeto por sí mismo, y no traicionarse, pero también, y por esa misma razón, un instante de compromiso y de esperanza, Jesús ha querido hacerse muy especialmente presente en nuestra vida familiar. Una vida familiar que nos exige, como siempre, y como nunca, compartir la fe. Ser testigos, en primer lugar, en nuestro ámbito más doméstico, y anunciar la Buena Noticia a nuestros seres más próximos y más queridos.

La familia es un regalo de Dios. Y, en este tiempo, también, una responsabilidad ante la historia. Somos una generación privilegiada de cristianos. Una generación que ha sido convocada a examinar su fe, a conocerla en profundidad, a convertirla en argumentos y en propuestas para la transformación del mundo. Una generación que disfruta de la cotidiana posibilidad y del gozo inmenso de transmitir la opción cristiana de vida. Con humildad. Con verdadera y razonada convicción. Con paciencia. Con serenidad. Con plena fidelidad al Evangelio. Con absoluta confianza en Jesús. Con esa esperanza que Juan Pablo II llamó “la alegría plena del existir”. Y existir en el amor, es decir, existir con Dios, es existir en familia.

*Desde 1998 es Profesor Titular de Historia del Derecho en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, en la que ha sido Secretario General y Secretario de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales. Desde 2001 es Director del Servicio de Publicaciones de la Universidad Rey Juan Carlos. Desde 2004 es Director de Formación y Cultura de la Fundación Universidad Rey Juan Carlos, y Director del “Master en Acción Política y Participación Ciudadana en el Estado de Derecho” de las Universidades Rey Juan Carlos y Francisco de Vitoria, y el Ilustre Colegio de Abogados de Madrid. Desde 2006 es Patrono y desde 2007 Secretario General del Patronato de la Fundación Universitaria Española. Desde 2010 está en posesión de la Acreditación Nacional como Catedrático de Historia del Derecho y de las Instituciones.

 

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